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miércoles, 26 de diciembre de 2012

¿Qué hacemos con la memoria?



Para cada uno de los días del año, 366 si es bisiesto, hay al menos un hecho de violación a los derechos humanos que recordar.

Cuando termine el año, habré puesto en cada uno de sus días un recuento de las violaciones a los derechos humanos sucedidas en los 36 años que duró la guerra que libró el ejército nacional de ocupación en contra del pueblo guatemalteco.

La fuente de esta información es el libro Guatemala, memoria del silencio que publicó la CEH (Comisión para el esclarecimiento histórico de las violaciones a los derechos humanos y los hechos de violencia que han causado sufrimientos a la población guatemalteca) en 1998. Son 12 tomos, más de 4,400 páginas. Seguramente su extensión es una de las razones para que a 14 años de su publicación el mismo siga siendo prácticamente desconocido, y además al tezón que desde el gobierno se ha puesto para borrar la historia.

El ordenamiento de tal información en orden cronológico ha sido un esfuerzo estrictamente personal, con un solo objetivo: contribuir a que los guatemaltecos conozcamos la barbarie de que somos capaces de hacerlo a nuestros prójimos y de soportar como víctimas.

El país no ha cambiado. Sus habitantes somos los mismos. El racismo, la pobreza, la ignorancia y opulencia de unos pocos a costa de la miseria de las grandes mayorías ahí están. Fueron el detonante de la guerra hace más de 50 años; son el caldo de cultivo de violencias dormidas.

Conocer las consecuencias de la guerra nos puede llevar a exigir justicia, a no aceptar la violencia como salida, pero sobre todo a reconocernos en los miles de mujeres, hombres, niños, niñas, ancianos y ancianas, jóvenes a quienes se les arrebató la vida y se les provocaron sufrimientos de extrema crueldad.

Cada uno de ellos tenía un nombre y apellido, vivía y trabajaba en una comunidad. Con cada uno de ellos se fue un pedazo de nosotros. Son nuestra carne y nuestra sangre. Olvidarlos a ellos y su sufrimiento es olvidarnos de nosotros mismos y correr el riesgo de que mañana los muertos o desaparecidos seamos nosotros.

El 1 de enero empieza un nuevo año. Pero la memoria está ahí. No olvida. ¿La olvidaremos? ¿O seguiremos compartiéndola?

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