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lunes, 28 de mayo de 2012

En la Escuela Normal

En la Escuela Normal

         Hace unos días, en Canal Antigua, Juan Luis Font entrevistó a tres jovencitos estudiantes de magisterio que se oponen a la “profesionalización” de los maestros de educación primaria. A pesar de mi profunda empatía con ellos no pude menos  que sentir tristeza por su falta de coherencia, su dificultad para expresarse, su carencia de una propuesta definida...

         No sé cuántos de quienes aplauden la mentada “profesionalización”, y ven el demonio en los maestros, están conscientes de que la responsabilidad de tantas carencias en los futuros maestros no es de estos jóvenes sino de un sistema que, particularmente a partir de los años setenta y ochenta del siglo pasado, se dedicó a destruir las escuelas normales en el país.

         Todo ello me ha motivado a escribir unas líneas sobre mi paso por la Escuela Normal Central para Varones. Tenía 15 años y ninguna orientación vocacional, mi padre quería que yo fuera perito contador y yo solo sabía que la contabilidad me gustaba pero no quería pasarme en un escritorio haciendo números. En los primeros días de enero de 1972 fui a preguntar a la Escuela Normal sobre requisitos de ingreso y el único que había era un examen de admisión. Lo hice, lo gané y entre a la Normal. Lo primero que me llamó la atención fue la frase de José Martí: “Y me hice maestro, que es hacerme creador”.

         Estuve tres años en la Escuela. Entre los 15 y los 18 años. Mis maestros fueron Pavlov, Marx, Enrique Gómez Carrillo, Víctor Manuel Gutiérrez, Paulo Freire, Aníbal Ponce, Alfredo Guerra Borges, Ricardo Nassif, Eduardo García Maynez. Entre los guías que me acercaron a estos maestros recuerdo a Héctor Cabrera Guzmán y a Amílcar Echeverría (aún tengo en mi biblioteca su libro con el que ganó un concurso sobre Enrique Gómez Carrillo). Hubo otros más cuyos nombres exactos no recuerdo, sólo que por las tardes eran profesores universitarios.

En esos tres años aprendí psicología, general y del niño, pedagogía, álgebra, química, biología, conocí Guatemala, literatura universal, literatura hispanoamericana, literatura infantil. Y sobre todo me hice persona, ciudadano. Cuando lo veo en perspectiva concluyo que tuve una educación de lujo, y era pública.

Recuerdo mucho la biblioteca de la Escuela, era amplia, grande, siempre llena de estudiantes haciendo tareas, leyendo. Algo que me impresionó mucho fue la sección de las tesinas de los maestros graduados en los años cuarenta. Seguramente algunas de ellas de calidad muy superior a muchos de los mamarrachos de tesis que hoy se hacen en las universidades para obtener licenciaturas.

Además en la Escuela Normal había concursos de poesía, declamación, cuento, oratoria. Victor Hugo Cruz presentó en el Salón de Actos, El Tercer Reich, de Brecht. En mi último año, desde la Asociación de Estudiantes Normalistas, con el dinero que nos quedó de la fiesta de aniversario, no había cooperación internacional, publicábamos semanalmente un periódico que pensábamos, redactábamos, picábamos los esténciles e imprimíamos los sábados y distribuíamos los lunes a primera hora. Mil ejemplares.

La Escuela Normal además de formar maestros, formaba ciudadanos. Tal vez por eso fue que la dictadura militar, dirigida en ese entonces por Kjell Laugerud, el mismo de la masacre de Panzós, aprovechó el terremoto de 1976 para incendiar las instalaciones de la Escuela Normal Central para Varones.

En la Escuela Normal sólo estuve tres años. Pero ahí aprendí lo más importante que debe saber un maestro: a aprender.

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