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martes, 3 de abril de 2012

La masacre de la comunidad de Chel, Chajul


Caso ilustrativo No. 60
La masacre de la comunidad de Chel, Chajul
“…Aniquilar a los Comités Clandestinos Locales (CCL)…

I. ANTECEDENTES
La aldea de Chel está ubicada al norte del municipio de Chajul, departamento de Quiché. Antes del enfrentamiento armado la habitaban unas 500 familias. En su población predominaban los maya ixil con la excepción de algunas familias k’iche’ q’anjob’al y ladinas que se establecieron en la zona, tras emigrar de sus lugares de origen por razones económicas a finales del siglo pasado.
La presencia del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) en Chel se notó en 1977. Los primeros encuentros con la población fueron esporádicos y tuvieron lugar en las montañas, cerca de la comunidad. A éstos siguieron mitines, charlas y reuniones nocturnas con pequeños grupos de personas. Los guerrilleros presentaban, también, peticiones de abastecimiento, que algunos pobladores consideraban como actos impositivos y amenazantes, mientras otros los apoyaban. Al cabo de cierto tiempo, se formaron entre 20 y 25 células del EGP, dirigidas por el Comité Clandestino Local (CCL).
En 1979 el Ejército apareció esporádicamente en la zona, estableciendo un destacamento militar en la finca La Perla, donde permaneció durante varios meses.
Diversos hechos violentos cometidos por el EGP durante los meses de junio y julio de 1980 provocaron los primeros desplazamientos de campesinos. Entre estas acciones se cuentan la ejecución pública del enfermero y de un carnicero de la comunidad, pues se consideró que ambos se habían opuesto a la presencia de la guerrilla y luego el ajusticiamiento del comisionado militar de Chel, cuando regresaba de trabajar en la finca Estrella Polar.
A partir de 1981 el Ejército fijó un destacamento militar permanente en la finca La Perla.
En febrero de 1982 el EGP intentó secuestrar a un habitante de Chel: todos sabían que abusaba sexualmente de sus hijas. Según algunos pobladores, lo hicieron con la intención de proteger a las niñas. El hombre logró escapar y se presentó en el destacamento de la finca La Perla, donde denunció el intento de secuestro y delató la estructura del EGP en Chel. Poco después, seis personas de la comunidad fueron señaladas como colaboradoras de la guerrilla y detenidas por el Ejército. Dos de ellas fueron ejecutadas arbitrariamente en el puente que cruza sobre el río Chel y las demás desaparecieron.
Tras estas ejecuciones varios pobladores de Chel huyeron y se ocultaron en las montañas, cerca de la vecina comunidad de Jaqchixlá. El Ejército interpretaba que cuando una comunidad abandonaba su lugar de residencia sus habitantes apoyaban al EGP y, por tanto, debía ser destruida. Durante la huida los soldados asesinaron a doce habitantes de la comunidad. Días más tarde, unas noventa personas acechadas por el hambre, el frío y la lluvia bajaron de la montaña y volvieron a sus hogares en Chel. A los pocos días, elementos del Ejército regresaron a la comunidad, anunciando que iban a traerles alimentos y que no debían desplazarse. Un testigo manifiesta que les dijeron: “Cuando nosotros vamos a venir otra vez, les vamos a traer pan y les vamos a traer carne y hay que vivir otra vez en su casa. ¿Para qué salen huyendo y los güiros que salen sufriendo en la montaña? … Nosotros le vamos a cuidar a ustedes”. Sin embargo, el 3 de abril de 1982 se consumaba la masacre.

II. EL PLAN DE CAMPAÑA “VICTORIA 82”
Días antes de lo sucedido en Chel, el 23 de marzo de 1982, el Ejército masacró a 96 campesinos en la finca Estrella Polar. En el mismo mes fueron ejecutadas trece personas en Juá y 45 en Xesaí. En abril, 34 pobladores fueron asesinados en la finca Covadonga y alrededor de 100 habitantes fueron fusilados en Ilom. En mayo, una decena de personas murió a manos del Ejército en Jaqchixlá. Todas estas comunidades vecinas de Chel se asemejaban entre sí porque poseían una población de mayoría maya ixil, pobre y que se hallaba indefensa ante la eventualidad de un ataque armado.
Estas acciones fueron parte de la aplicación del plan de campaña Victoria 82, que golpeó con especial fuerza a las comunidades del norte del municipio de Chajul durante los meses de marzo, abril y mayo de 1982. En este plan se consolidó la estrategia militar de: “aniquilar a los Comités Clandestinos Locales (CCL) y a las Unidades Militares Permanentes del enemigo (UMP)”, que proponía “localizar, capturar o destruir grupos o elementos subversivos”. El Ejército formuló su concepto de “enemigo” sin que éste incluyera necesariamente la noción de combatiente armado. La comunidad de Chel fue conceptuada por el Ejército como “subversiva”. A los oficiales que ejecutaron el plan se les instruyó para destruir todos los poblados que cooperaran con el EGP y eliminar todas las fuentes de resistencia. Las unidades del Ejército que operaron en el “Triángulo Ixil” pertenecían a la Brigada Mariscal Zavala, acantonada en ciudad de Guatemala.
Mientras tanto, en esta época la presencia del EGP en la zona disminuyó de forma significativa debido a las acciones represivas del Ejército. Aunque la guerrilla no intervino directamente cuando el Ejército atacaba a la población civil, sí sugirió apoyar algunas estrategias de sobrevivencia. Agilizó, por ejemplo, los “planes de emergencia”. Estos consistían en impartir instrucciones para la evacuación de la comunidad en supuestos de que se produjeran incursiones militares. La mayoría de la población empezó a participar en estos planes cuando constató que representaban su única alternativa ante la represión militar.
El alto mando del Ejército, por su parte, se sintió muy satisfecho con los resultados iniciales de la operación y se convenció de haber tenido éxito en la destrucción de la mayoría de la base social del EGP, con lo que buscaba expulsar a éste del “Triángulo Ixil”.

III. LOS HECHOS
El 3 de abril de 1982, unos ocho días después del regreso de los pobladores de Chel que se habían escondido en las montañas circundantes, elementos del Ejército provenientes del destacamento militar ubicado en la finca La Perla irrumpieron en la comunidad. Eran las ocho de la mañana, hora en que buena parte de los hombres se encontraban trabajando en sus parcelas. Algunos pobladores, confundidos e indecisos debido a que el Ejército había ordenado con anterioridad que no debían desplazarse y prometido que traería alimentos, permanecieron en sus casas. Sin embargo, la mayoría de la población escapó. Algunos que salieron a trabajar en su milpa o que trataban de huir de la comunidad se toparon con los soldados a la entrada de Chel.
Un declarante ilustra así un incidente acaecido aquella mañana:
“…Jacinto había visto que por allí andaban los soldados, él se sentía nervioso, pensaba que de un rato para otro podían llegar los soldados a su casa. Desanimado le dijo a su esposa: ‘¿Entonces no quieres ir, Juana?’; ‘Sí voy a ir, sólo que por allí te alcanzo en el camino, voy a lavar los trastos y voy a salir’, le dijo. Jacinto, con tantos nervios que tenía, él intentó jalar las manos de su esposa para llevarla, pero ella no quiso … Cuando Jacinto salió en el camino y se encontró con los soldados … dijo a unos soldados sólo para contentarlos un poquito: ‘Buenos días, mis soldados’. Uno de ellos comentó a otro soldado: ‘Dale una patada en el culo a este cerote guerrillero’ … y le invitó a la reunión. ‘Allí te apurás y venís en la reunión que vamos a hacer porque se va a ver bonito, va [a] haber carne”.
Los soldados entraron en las casas, sacando a los hombres y mujeres, niños y ancianos, exigiéndoles que se reunieran frente a la alcaldía auxiliar. Algunas personas fueron llevadas a la fuerza hasta este lugar; otros llegaron por su cuenta.
Cuando los soldados habían congregado a cerca de cien personas, ordenaron que el resto de la población señalara a los que eran guerrilleros. Los militares se dirigieron a la población en español, pese a que ésta era en su mayoría de habla ixil. Sólo algunos hombres y niños lograron entender lo que les decían. Los militares preguntaron si sabían sobre la guerrilla y los miembros de la comunidad respondieron que nada sabían. Un oficial reaccionó y los increpó: “Ustedes mismos son puros guerrilleros”.
Acto seguido, los soldados separaron a la población por sexo: encerraron a los hombres en la alcaldía auxiliar y a las mujeres en la escuela. Mientras se procedía a la distribución, un par de soldados permitió —a escondidas de los oficiales— que seis personas, niños y jóvenes, escaparan y se escondieran en los matorrales de Chel. Desde sus refugios observaron durante varias horas cómo los efectivos del Ejército torturaban y mataban a los miembros de su comunidad.
Después de confiscar las cédulas de identidad de la población los soldados apuntaron con sus armas a los hombres y les ordenaron acostarse y permanecer inmóviles sobre el piso. Mientras tanto, en la escuela los soldados seleccionaron a catorce adolescentes entre las mujeres, las trasladaron a la iglesia y las violaron durante más de una hora.
Desde su prisión y entre sus propios sollozos de terror, los detenidos escuchaban a los soldados discutir los preparativos para eliminar a la población. Los militares planeaban lanzar granadas sobre la escuela y la alcaldía auxiliar. Al escuchar esta disputa la gente empezó a llorar y rogar que no los mataran. En ese momento, los soldados recibieron una comunicación por radio, a cuyo término desalojaron a las personas de la escuela y del juzgado auxiliar en grupos de cinco. Las llevaron hasta el único puente de la comunidad, situado a medio kilómetro del centro de la misma. El puente cruza sobre el río Chel en un lugar donde empieza un torrente rocoso y turbulento, que continúa 100 metros río abajo por laderas empinadas.
Una vez en el puente, los soldados obligaron a las personas a desnudarse. Tiraron las ropas sobre una fogata encendida en un extremo del puente. Los cortes, huipiles, camisas, fajas, pantalones y caites se consumieron en las llamas.
Una vez despojada de su indumentaria, los pobladores fueron ejecutados uno a uno.
El modo de ejecución varió en cada caso. Algunas personas fueron decapitadas o desmembradas con machete y luego degolladas; otras murieron por disparos en el pecho o por el tiro de gracia en la cabeza; otras perecieron en la misma fogata donde se quemaba su ropa. Los niños pequeños fueron ejecutados a golpes contra piedras o lanzados vivos al río. Las adolescentes que habían sido violadas fueron también ejecutadas, con el resto de la población. A medida que asesinaban a la gente los soldados arrojaban los cadáveres desde el puente, sobre el torrente. Al terminar la matanza, volvían a la alcaldía auxiliar y a la escuela para buscar otro grupo de cinco personas.
Mientras un grupo de soldados ejecutaba a la gente, otro procedía a arrasar la comunidad entera, incendiando las viviendas, destruyendo la milpa, los cultivos, las trojas, y robando los animales de los pobladores.
Unas noventa y cinco personas, población civil e indefensa, entre hombres, mujeres y niños, fueron masacradas entre las once de la mañana y las dos de la tarde por elementos del Ejército.

IV. DESPUÉS DE LOS HECHOS
Los sobrevivientes permanecieron escondidos en las montañas y en los días que siguieron a la masacre, bajaron con la máxima cautela a la comunidad para buscar a sus muertos e intentaban rescatar algunas de sus pertenencias entre los escombros. También intentaron enterrar a las víctimas: mientras unos vigilaban por si el Ejército regresaba, otros buscaban los restos de sus familiares en las orillas del río. La profundidad de las aguas y la fuerza de la corriente dificultaron las búsquedas. Un sobreviviente cuenta la experiencia de un vecino de la comunidad:
“…Estaba buscando a su esposa, él estaba buscando con las manos los cadáveres en el río porque no se miraba … [el agua] le llegaba en el cuello. Cuando él estaba parado en el río buscando los cadáveres, sintió una mano, él la jaló y sintió que por allí estaban otros cuerpos debajo. Después de encontrar empezó a buscar a sus hijos. Cuando encontró sus familiares él empezó a vestirlos, él llevaba una cinta para componer el cabello de su esposa”.
Las inhumaciones se hicieron con apresuramiento, evitando celebrar las ceremonias tradicionales, por temor a que el Ejército regresara a la comunidad. Se abrieron dos fosas cerca del cementerio; en una enterraron a 49 vecinos y en la otra diez cuerpos; otros seis cadáveres fueron enterrados en una fosa en la ladera que desciende al río. Algunos cuerpos, hinchados de agua, estaban tan blandos que se despedazaban, imposibilitando su traslado a las fosas, por lo cual fueron enterrados en la orilla del río. Cerca de treinta cadáveres fueron arrastrados por la corriente. Dos mujeres, lanzadas al río durante la masacre, fueron rescatadas vivas al día siguiente con varias heridas y fracturas.
Pocos días después de los hechos, elementos de la guerrilla reunieron a la población refugiada en los matorrales alrededor de Chel. Según los guerrilleros, los sobrevivientes tenían dos opciones: o vivir en la montaña bajo la protección del EGP o entregarse al Ejército. Parte de la comunidad siguió al EGP: “… Entonces tuvimos que analizarlo de que no podemos ir con el Ejército porque el Ejército mataba”.
Otro grupo resolvió no seguir ninguna de estas altenativas y refugiarse en las montañas cercanas a la comunidad vecina de Xesaí, a unos 35 minutos de camino desde Chel, sin contar con la asistencia y el apoyo del EGP. Su independencia, sin embargo, privaba al grupo de una estrategia clara para evitar que el Ejército los sorprendiera. Por los fuegos que encendían y los ladridos de los perros que los acompañaban el Ejército los detectó. El 22 de abril, luego de realizar rastreos por Xeputul, en Cotzal, y Cabá, en Chajul, tropas del destacamento de Chajul, acompañadas por patrulleros de esta comunidad, llegaron al refugio cercano a Xesaí. Hacia las cinco de la tarde cercaron el lugar donde estaban escondidas 50 personas originarias de Chel, incluyendo niños, mujeres, hombres y ancianos. Los soldados abrieron fuego sobre la población, matando a cuarenta y cinco personas, población civil e indefensa; dos personas sobrevivieron al ataque y tres desaparecieron. Esa noche los soldados y los patrulleros regresaron caminando hasta Chajul. Al siguiente día, personas que se habían refugiado con la guerrilla cerca de Chel encontraron los 45 cadáveres, que presentaban múltiples disparos en sus cuerpos. Los enterraron en el mismo lugar donde se había producido la tragedia.
Los desplazados estuvieron viviendo en la montaña unos 18 meses, como mínimo, hasta un máximo de nueve años. Hasta la fecha algunos todavía habitan en las Comunidades de Población en Resistencia (CPR). Otros bajaron por enfermedades o para acogerse a la amnistía. El 21 de septiembre de 1986 un grupo de desplazados de Chel regresó y reorganizó su comunidad. Al mismo tiempo, el Ejército formó las PAC y no volvió a permitir la entrada de la guerrilla en la aldea. En 1992 las PAC se disolvieron.
En 1997 la organización Defensoría Maya y la Auxiliatura de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) denunciaron la masacre y se inició un proceso judicial en la Fiscalía Distrital de Nebaj. Este se encuentra en la fase de investigación, habiéndose producido ya la exhumación de los cuerpos de las personas muertas en la masacre del 3 de abril de 1982.
En el peritaje efectuado por la Fundación de Antropología Forense de Guatemala consta que se encontraron tres cementerios clandestinos, con un total de sesenta osamentas. De éstas, un 35% correspondió al sexo femenino y otro 25% era probablemente del mismo género. El 17%, en tanto, correspondió a personas de sexo masculino, mientras que otro 5% acaso pertenecían a este género. En un 18% de los casos fue imposible dilucidar el sexo de las víctimas. En cuanto a la caracterización por edades, la mayoría de las osamentas correspondían a personas de entre cero y treinta años, con un total de 50 osamentas. Además, 25 restos óseos, o sea casi la mitad de los encontrados, correspondían a niños de entre cero y diez años. El equipo de antropólogos pudo apreciar en las osamentas traumas cortocontundentes y contundentes, y logró recuperar evidencia balística asociada a tres de las mismas.
El 19 de diciembre de 1997 la CEH solicitó al ministro de la Defensa Nacional una consideración sobre esta masacre, entre otros casos. En su respuesta, de 5 de enero de 1998, se inhibió de realizar comentarios sobre el hecho.

V. CONCLUSIONES
La CEH llegó a la plena convicción de que el 3 de abril de 1982 efectivos del Ejército ejecutaron arbitrariamente a más de 90 miembros indefensos de la comunidad de Chel, entre mujeres, ancianos, niños y niñas, en violación de sus derechos humanos.
La CEH llegó, igualmente, a la convicción de que jóvenes mujeres de Chel fueron violadas sexualmente por los soldados en un templo religioso antes de ser ejecutadas, en violación de su derecho a la integridad física y moral.
La forma en que se perpetraron todas estas violaciones de derechos humanos atentó gravemente contra los derechos y la integridad cultural de la comunidad maya de Chel.
Estos crímenes no admiten ninguna justificación basada en la colaboración que algunas víctimas hayan prestado a la guerrilla.
La CEH llegó a la conclusión de que, en la masacre indiscriminada de hombres, ancianos, mujeres y niños de Chel, los efectivos del Ejército tuvieron la intención de eliminar totalmente a esa comunidad. Esta afirmación se sustenta en los hechos mismos que constituyeron la masacre del día 3 de abril, en el análisis de la masacre de 45 pobladores de Chel que se habían refugiado en Xesaí el 22 de abril de 1982 y, también, de los operativos militares de búsqueda de desplazados. Todos estos antecedentes, sumados a la creación de condiciones de vida que pudieron acarrear la muerte de los sobrevivientes, evidencian la intención del mando responsable del Ejército de destruir total o parcialmente a dicha comunidad, lo que otorga al conjunto de estos actos un carácter genocida.
La CEH considera que este caso es ilustrativo de la aplicación del plan Victoria 82 en el área Ixil, en virtud del cual el Ejército empleó a sus fuerzas de tarea en la ejecución de operaciones directamente dirigidas contra comunidades de población civil desarmada, identificada como proclive a la guerrilla, con el objetivo de destruirlas total o parcialmente, sin consideración a la edad, sexo o condición de las víctimas.
A juicio de la CEH, el caso ilustra cómo población civil que no era parte directa en el enfrentamiento terminó siendo involucrada en el mismo, enfrentándose fatalmente a las opciones de colaborar con la guerrilla, refugiarse en las montañas o patrullar para el Ejército.

LISTADO DE LAS VÍCTIMAS

Ejecución arbitraria, tortura, privación de libertad
Ana Asicona
Ana Santiago Caba
Ana Sánchez Caba
Antonio Fuentes Caba
Bartolomé Asicona Caba
Bartolomé Ramírez
Francisco Ijon Sánchez
Gaspar Fuentes Caba
Gaspar Rodríguez
Ignacio Juan Laynez Escobar
Juan Caba Laínez
Juan Ijon Sánchez
Juan Laynez Escobar
Juan Laínez
Juan Laínez
Juana Pacheco
Magdalena Caba
Magdalena Caba Batz
Magdalena Escobar
Magdalena Laínez Escobar
Manuel Caba Laínez
Marcos Mendoza Solano
Margarita Mendoza Santiago
Margarita Raimundo
Marta Mendoza Pacheco
María Caba
María Caba Laínez
María Laynez Escobar
María Laynez Escobar
María Mendoza Pacheco
María Mendoza Santiago
María Mendoza Santiago
María Raymundo
María Santiago Hu
María Santiago López
María Santiago Ramírez
Mateo Bit
Nicolás Fuentes
Noe Fuentes Caba
Pedro Caba Pacheco
Pedro Mendoza
Pedro Mendoza Laynez
Pedro Mendoza Pacheco
Pedro Pacheco
Pedro Pacheco Mendoza
Rosa Bit
Rosa Pacheco Bi
Rosa Santiago Caba
Sebastián Pacheco
Teresa Fuentes Caba
Teresa Fuentes Caba

Herido en Atentado, tortura, privación de libertad
Elena Caba

Víctimas colectivas/desconocidas: 43

Fuente: CEH, Guatemala memoria del silencio.

1 comentario:

  1. http://www.mimundo-fotorreportajes.org/2007/02/ya-llegaron-los-mrtires.html

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