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miércoles, 21 de marzo de 2012

Tortura pública y ejecución extrajudicial del catequista Carlos Vidal González Pérez


Caso ilustrativo No. 70
Tortura pública y ejecución extrajudicial del catequista Carlos Vidal González Pérez
“En un barranco, tirado como cualquier animal, así quedó nuestro hermano, González Carlos Vidal. Esto que ahora contamos, fue en el año 1983, cuando los pobres morían, masacrados de una vez. Ya con esto me despido, sépanlo bien que al final Dios premiará sin olvido al pueblo de Sibinal”.

I. ANTECEDENTES
Desde los años sesenta, en el departamento de San Marcos la Iglesia Católica fue un actor social de primera orden. En 1966 llegó a la parroquia de Tejutla una misión de solidaridad procedente de Bélgica, cuyos sacerdotes dieron inicio a lo que después fue la Cooperativa del Movimiento Campesino del Altiplano de San Marcos.
En 1970 se crea un Centro Diocesano de Formación ubicado en tres localidades, Tejutla, El Quetzal y la parroquia de San Pedro Sacatepéquez.
De esta forma se inició la formación de líderes comunitarios en las parroquias, destacándose entre ellas las del Altiplano: San José Ojetenam, Sibinal, Tacaná, Tejutla, San Miguel Ixtahuacán, Comitancillo y San Pedro Sacatepéquez.
En la década de los ochenta, a medida que se agudizaba la represión estatal, algunos miembros de la Iglesia optaron por denunciar públicamente lo que estaba sucediendo. La mayoría de los centros diocesanos de formación de San Marcos y Quetzaltenango tuvieron que ser cerrados por el recrudecimiento de las acciones contra la población católica. La persecución fue provocada por la actividad de los catequistas, quienes buscaban el progreso de la gente en las cooperativas y la toma de conciencia de sus derechos. Esos fueron años de secuestros, abandonos forzados de las parroquias por parte de sacerdotes, asesinatos de catequistas y exilio.
Entre 1980 y 1981 el Ejército ocupó con pequeñas unidades las instalaciones de la Iglesia Católica de los municipios de Sibinal, Ixchiguán y Tajumulco.
En 1983, cuando se producen los hechos que se relatan a continuación, persisten los secuestros de catequistas y promotores de la Cooperativa del Movimiento Campesino de San Miguel Ixtahuacán.

II. LOS HECHOS
El 20 de marzo de 1983 llegó al municipio de Sibinal, departamento de San Marcos, un numeroso grupo de militares provenientes de la cabecera departamental. Los soldados llevaban, enmascarado y con ropa militar, a Ramón Díaz, supuesto miembro de la guerrilla, quien había sido capturado por el Ejército.
Ese mismo día, por la tarde, los soldados convocaron en el parque central a toda la población de Sibinal. “Juntaron a toda la gente y nos dijeron: ‘Ustedes se van a sus casas a preparar tres tiempos de comida y traigan su ropa de dormir, traigan armas, machetes, palos, lo que ustedes consigan … Mañana nos vamos a la montaña y sólo nosotros sabemos qué es lo que vamos a hacer, así es que se vienen preparados’. La gente dijo: ‘Está bien’. Nos dijeron que, al día siguiente, cada uno tenía que traer un tercio de leña. Nos ordenaron que botáramos los árboles que teníamos cerca de nuestras casas y, como eran del Ejército, uno los tenía que obedecer”.
Al día siguiente, 21 de marzo por la mañana, el catequista Carlos Vidal González Pérez y su padre fueron a dejar la carga de leña que los miembros del Ejército les habían ordenado traer. En ese momento, Carlos fue señalado como guerrillero por Ramón Díaz ante los militares, y éstos le introdujeron en el mercado, para dejarle salir poco después. Caminaban hacia su casa cuando, al poco tiempo, le capturaron de nuevo y le encerraron en los baños del mismo mercado. El padre de Carlos preguntó al capitán sobre el motivo de la detención de su hijo y éste le respondió: “Pues, hasta aquí, saber … Eso sí, usted puede ir a traer su almuerzo y su cena porque ya nos vamos”.
El padre de Carlos, cuando regresaba a su casa, en la salida del pueblo, vio a unos militares que estaban torturando y colgando de un árbol a Rubén Escalante. “Le colgaron, le hicieron lo que querían…
Esa misma mañana, al llegar a su vivienda, el padre observó que miembros del Ejército sacaban de sus casas a los jóvenes Francisco y Anacleto Hernández; “…era ese enmascarado quien iba adelante”.
A las diez y media de la mañana toda la población estaba ya reunida en círculo en el centro de Sibinal. El capitán estaba hablando y, cerca de él, tenía a una persona encapuchada con un gorro pasamontañas, vestido con uniforme militar y con las manos amarradas hacia atrás. Se trataba de Carlos Vidal González Pérez, a quien pusieron a andar alrededor del círculo mientras era golpeado con las armas por los soldados. El capitán dijo: “Este es un guerrillero, éste es un sinvergüenza. Qué dicen ustedes, ¿lo soltamos o lo matamos? ‘Si es de la guerrilla mátenlo’, dijeron unos”. Le quitaron la gorra y todos vieron que se trataba del catequista, en lágrimas por los golpes recibidos.
El capitán preguntó: “¿Conocen ustedes a este hombre?”, y la gente respondió que sí; luego volvió a preguntar que si lo mataban, y “algunos dijeron que sí”.
Mientras esto sucedía, la esposa de Carlos Vidal González Pérez corrió hacia la víctima pero el capitán no le permitió llegar donde él, preguntándole además: “¿Usted está segura de que ese es su esposo?, ¿Lo conoce usted bien?” Siguió diciéndole: “Pobrecita señora, porque ahora se va a quedar sola. Vamos a llevar a su esposo a Guatemala, porque de allá viene la orden. Si anda libre, vendrá, y si no, no”.
En seguida, los soldados distribuyeron a la población, en 18 pelotones de 20 miembros cada uno. No incluyeron a los ancianos, que eran obligados a llevar al destacamento una carga de leña cada semana. El capitán dijo entonces a los pelotones: “Ahora ustedes mismos se van a cuidar; ustedes son los que van a velar todo lo que pasa en su pueblo”. Con este acto quedaron formadas las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) en Sibinal.
El 22 de marzo, como a las dos de la tarde, un grupo de militares salió del destacamento de Sibinal hacia el camino que conduce a México. Con ellos iba el catequista detenido. Su padre les siguió y vio que los soldados pernoctaban en un lugar llamado Cabixhmay y que el día siguiente siguieron caminando hacia el cerro Siete Orejas (cerro Txe wuq xhkin), donde había un campamento guerrillero.
Ese mismo día, por la tarde, el grupo regresó a Sibinal pero sin Carlos Vidal González Pérez. Al encontrar al padre en el camino, los soldados le dijeron: “Ese tu hijo es mero guerrillero. Bien amarrado y se nos escapó el sinvergüenza … con todo y el lazo se fue el abusivo… Sin embargo, el padre de Carlos, quien estuvo buscando a su hijo sin descanso, consiguió encontrarlo aunque sin vida, ocho días después, colgado de un árbol y con signos que evidenciaban torturas: “Lo encontramos colgado. Primero lo revolcaron y luego le hicieron heridas sobre el pecho. Heridas nada más, no lo puyaron. Cortado nada más así de los dos lados. Lo amarraron de las manos. Lo encontramos a las 11.00 del día Jueves Santo. Lo dejaron desnudo”. En el mismo lugar fue enterrado “con un nylon; ahí dejamos enterrado a mi hijo porque si [los soldados] hubieran sabido que nosotros lo encontramos, nos hubieran acabado. Mejor lo que hicimos fue dejarlo enterrado … lo hicimos con machete, con unas estacas, y nos vinimos”.
Hasta dos años después el padre de Carlos no contó a nadie que había enterrado a su hijo, ni siquiera a la esposa, por miedo a que pasara algo.
Durante un año los miembros del Ejército destacados en Sibinal obligaron a algunos hombres a llevarles leña y a las viudas a que les preparasen la comida. Entre ellas se contaba la esposa del catequista asesinado.

III. DESPUÉS
El asesinato de Carlos y la persecución de catequistas y líderes comunitarios provocaron un fuerte impacto en las comunidades de San Marcos y, por supuesto, en el municipio de Sibinal. La cooperativa interrumpió su actividad después de casi 20 años y los catequistas y delegados de la Palabra dejaron de funcionar hasta hace pocos años. Todavía hoy en las parroquias del Altiplano, “la gente no quiere contar lo que pasó, prefiere callarse. Cuando no hay necesidad, prefieren callarse. ¿Qué se puede ganar? Como todavía está el miedo de la presencia del Ejército. Ya no es tan fuerte … no es como hace unos diez años, [pero] los campesinos prefieren no meterse en problemas, más prefieren contar una mentira, para no ofender a otro y si ofende la verdad no lo van a decir”.
Después de 15 años y tras un proceso legal iniciado por la familia de la víctima, el 26 de febrero de 1998 se llevó a cabo, por el equipo forense de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHAG), la exhumación de Carlos Vidal González Pérez en el cerro Siete Orejas. El expediente del Ministerio Público relativo al caso está ya archivado, pues los familiares de la víctima solicitaron tan sólo la exhumación, la que presenció toda la población. El acto fue una oportunidad de experimentar catarsis y vivir una recuperación de la memoria colectiva, y puede entenderse como un intento de dirimir la culpa que los victimarios, de una forma premeditada y consciente, quisieron inculcar en todos los que se hallaron implicados en el suceso.
Para la ocasión, la comunidad escribió un Corrido a un catequista mártir, donde se dice:
“Aparentaba un fracaso/Porque así se lo llevaron/
Mas hoy regresa a su pueblo/Con dignidad alcanzada”.
Los restos de Carlos Vidal González fueron sepultados en el cementerio de Sibinal.
Los catequistas perseguidos en la región, entre ellos Carlos Vidal González Pérez, eran personas que tenían una gran autoridad moral en sus comunidades. Su muerte o desaparición ha producido un daño a la vida comunitaria.

IV. CONCLUSIONES
La CEH, considerando los antecedentes reunidos, ha llegado a la convicción que Carlos Vidal González Pérez fue torturado y ejecutado por efectivos del Ejército de Guatemala, constituyendo estos actos graves violaciones a los derechos a la vida y la integridad personal de la víctima, atribuibles a agentes estatales.
Atendiendo a los hechos, en particular la exhibición pública de la víctima torturada y la obligación impuesta a la comunidad de participar en la decisión de ejecutarla, la CEH considera que este caso es ilustrativo de una política desarrollada por el Ejército, para involucrar a la comunidad en actos represivos, generando en ella un sentimiento de culpa colectiva.
Asimismo, la CEH considera que el presente caso es representativo de la estrategia de terror y cierre de espacios de participación social aplicada por el Estado, una de cuyas expresiones fue la represión contra los catequistas y agentes de pastoral de la Iglesia Católica.

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